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Taskent, el reverso de la postal

hace 14 horas
8 min de lectura
Mercado de frutas al aire libre: vendedor entrega una bolsa a una clienta; otro cliente espera entre montones de manzanas y carteles.

Mi objetivo viajero es sencillo de formular y bastante más complicado de cumplir: visitar todos los países del mundo. Uzbekistán llevaba tiempo en mi lista, aunque no solo por la colección de fronteras que me faltan por cruzar.


El país ocupa un lugar importante en la historia de la Ruta de la Seda, esa red de caminos comerciales que conectó durante siglos Asia, Oriente Medio y Europa. Era hora de comprobar cuánto había de realidad y cuánto de imaginario turístico.


Llegué a Taskent de madrugada. No soy especialmente aficionado a aterrizar a horas intempestivas, pero el horario tenía una ventaja indiscutible: podía trabajar el viernes sin pedir la mañana libre. Todo eran ventajas, salvo el pequeño detalle de llegar a un país desconocido cuando el cuerpo solo pide una cama.


En el aeropuerto me esperaba el primer trámite habitual en muchos destinos: conseguir un taxi sin pagar una tarifa diseñada específicamente para turistas despistados. La estrategia es sencilla, aunque conviene recordarla antes de viajar: negociar el precio antes de subir. No tenía intención de empezar el viaje financiando generosamente el entusiasmo comercial de un conductor, así que acordé la tarifa y me fui al hotel. No había mucho más que hacer aquella noche.


A la mañana siguiente, después de un desayuno de hotel que cumplió su función, empecé a descubrir Taskent. La capital uzbeka es una ciudad extensa, verde y bastante agradable para recorrer, aunque no tiene un casco histórico compacto que permita hacerse una idea de ella con un par de paseos. Aquí las distancias importan, y pronto descubrí que el metro no era solo una forma barata de desplazarse, sino también una visita en sí misma.


Guardia de uniforme azul en un vestíbulo de metro amplio, con viajeros, bancos, columnas oscuras y paneles luminosos al fondo.

Las estaciones están limpias, ordenadas y decoradas con una ambición monumental que delata su origen soviético.


Kosmonavtlar fue mi favorita: los retratos de figuras de la carrera espacial y la decoración evocan una época en la que conquistar el espacio era también una manera de demostrar la superioridad del sistema soviético.


El metro no se concibió únicamente para transportar pasajeros. También debía transmitir una idea de modernidad, progreso y orgullo colectivo. Décadas después, esa intención sigue siendo visible bajo tierra, y por el precio de un billete se puede recorrer una pequeña exposición de arquitectura e historia soviéticas. No es un mal negocio.


Para acercarme a su vida cotidiana fui al bazar de Chorsu. En Barcelona, donde la Boqueria lleva tiempo lidiando con las consecuencias de su propia popularidad, he desarrollado cierta prevención ante los mercados tradicionales que terminan convertidos en decorados para turistas. Chorsu me gustó precisamente porque parecía seguir cumpliendo su función. El lugar tenía movimiento y algo de desorden, como corresponde a un mercado vivo.


También fue una primera toma de contacto con la gastronomía local. En Uzbekistán se come con generosidad y algunos platos pueden resultar bastante contundentes. El plov, una preparación de arroz con carne, zanahoria y otros ingredientes, pronto se convirtió en uno de mis favoritos. Lo que no imaginaba era la cantidad de variantes que encontraría durante el viaje. El plov no es tanto un plato como una categoría administrativa con infinitas subdivisiones.


En cualquier caso, entendí que, en Uzbekistán, convenía sentarse a la mesa con hambre de verdad: la cocina local no parece especialmente interesada en dejar a nadie con apetito.


Vendedores cocinan pescado y frituras en un puesto humeante, con bandejas de comida; ambiente concurrido y concentrado.

En el aspecto monumental, no todo me despertó el mismo interés. Lo que sí me llamó la atención fue el contraste entre la arquitectura islámica que había venido a buscar y la herencia soviética que aparecía por todas partes, a menudo sin que ambas parecieran tener demasiado que ver entre sí.


En Taskent, sin embargo, convivían con bastante naturalidad.


Un buen ejemplo era la plaza de Amir Temur. La estatua del conquistador dominaba el espacio, mientras que el Hotel Uzbekistan destacaba al fondo con una arquitectura cuanto menos llamativa.


Inaugurado en 1974, es uno de los grandes iconos del modernismo soviético de la capital. Su silueta recuerda a un libro abierto y la fachada, formada por una trama de hormigón, sirve para proteger del sol, pero también evoca las celosías ornamentales tradicionales de Asia Central. Me gustó esa combinación: un edificio concebido desde los principios arquitectónicos soviéticos que incorpora, al mismo tiempo, referencias al lugar donde se levanta. No intenta reproducir el pasado, pero tampoco se desentiende por completo de él.


Esta mezcla de influencias tenía algo de paradójico. La Unión Soviética había promovido una visión secular de la sociedad y relegado la religión de la vida pública, mientras que el Uzbekistán independiente reivindicaba cada vez más su tradición islámica como parte de su identidad nacional.


Sin embargo, la huella soviética no había desaparecido; seguía presente en el paisaje, en la organización de la ciudad y hasta en algunas de las formas de ocio que se habían convertido en instituciones públicas.


Lo comprobé frente al circo estatal, cuyo edificio me llamó la atención por su cúpula azul y sus formas redondeadas. Lo de «estatal» no era una simple cuestión administrativa: durante la época soviética, el circo se convirtió en una institución cultural pública.


Cúpula azul de un edificio con letrero SIRK; abajo, cartel de American Circus y puestos Pepsi bajo cielo nublado.

Era un entretenimiento popular que combinaba acrobacias, trapecistas, payasos y números ecuestres, y que, en ocasiones, también servía para transmitir determinados mensajes políticos. No todo era propaganda, naturalmente; buena parte de su atractivo consistía en contemplar a gente capaz de hacer cosas que el resto de los mortales no nos atreveríamos siquiera a intentar.


El edificio actual se inauguró en 1976, después de que el terremoto de 1966 destruyera el anterior. Su arquitectura, como la del Hotel Uzbekistan, refleja esa voluntad de construir una modernidad propia, aunque dentro de un sistema político y cultural compartido por toda la Unión Soviética.


La herencia soviética que había ido encontrando en el metro, los edificios y el circo no se limitaba a la arquitectura o a la manera de organizar el ocio. Detrás de aquella imagen de modernidad y progreso había una historia bastante más compleja, y algunos de los lugares que visité posteriormente permitían acercarse a sus aspectos más contradictorios.


El Parque de la Victoria recuerda la participación de Uzbekistán en la Segunda Guerra Mundial, cuando el país formaba parte de la Unión Soviética. El museo pone el acento en el esfuerzo de quienes combatieron en el frente y de quienes sostuvieron la retaguardia, así como en la acogida de evacuados procedentes de otras regiones. Esta memoria tiene también su expresión en la Plaza de la Memoria y el Honor, donde una llama eterna homenajea a los soldados que no regresaron. El monumento forma parte de una tradición extendida por las antiguas repúblicas soviéticas, donde el fuego perpetuo mantiene vivo el recuerdo de los caídos durante la llamada Gran Guerra Patria, la guerra contra la Alemania nazi entre 1941 y 1945.


Me parece interesante que este símbolo siga presente en países que, desde la disolución de la URSS, han construido sus propios relatos nacionales. En Uzbekistán, la memoria de la guerra forma parte de una historia compartida con el resto de las antiguas repúblicas soviéticas, aunque la independencia haya cambiado la manera de interpretarla. Honrar a quienes combatieron no obliga a idealizar el sistema político por el que lo hicieron.


Multitud de personas junto a una locomotora negra con estrella roja y vagón verde; vapor y montañas al fondo, texto 772-.

La distinción puede parecer evidente, pero adquiere otra dimensión cuando uno conoce la otra cara de aquella historia.


Eso es precisamente lo que encontré en el Museo de las Víctimas de la Represión Política, dedicado a quienes sufrieron la violencia del propio Estado soviético.


Durante las purgas de Stalin, miles de personas en Uzbekistán fueron detenidas, deportadas o ejecutadas. Entre ellas había escritores e intelectuales que habían participado en los movimientos de renovación cultural y nacional, aunque la represión no se limitó a ellos.


Las autoridades soviéticas transformaron por la fuerza la vida rural, restringieron las prácticas religiosas y sometieron la actividad cultural y política a un control estricto. La economía quedó cada vez más orientada hacia el cultivo del algodón, cuya producción respondía en buena medida a las prioridades fijadas desde Moscú.


La expansión de la educación, la industrialización y el desarrollo de infraestructuras convivieron con la coerción política y con una capacidad muy limitada de decidir el propio rumbo.


Collage de retratos en blanco y negro de mujeres sobre fondo rojo, con nombres en uzbeko; destaca una anciana seria al centro.

Después de visitar ambos espacios, resultaba difícil resumir la experiencia soviética en una sola valoración. Para algunas familias, aquella época está asociada a la educación, el empleo, la seguridad material o el sacrificio durante la guerra. Para otras, pesa mucho más el recuerdo de la persecución, las restricciones y la pérdida de autonomía.


Y esas experiencias no tienen por qué excluirse: una misma persona puede conservar recuerdos positivos de ciertos aspectos de su vida y, al mismo tiempo, rechazar el sistema político en el que vivió.


La relación actual con Rusia añade otra dimensión a esta historia. Los vínculos económicos, lingüísticos y familiares siguen siendo importantes, y el ruso conserva una presencia notable en la vida cotidiana, especialmente en los entornos urbanos. El Gobierno uzbeko, por su parte, procura mantener relaciones pragmáticas con Moscú sin renunciar formalmente a su soberanía.


Esta búsqueda de autonomía se aprecia en la forma en que el país reconstruye su relato histórico. Desde la independencia, Uzbekistán ha ido reivindicando figuras, tradiciones y episodios anteriores al dominio ruso y soviético que habían quedado relegados o subordinados al relato oficial. No se trata únicamente de revisar los libros de historia, sino de decidir qué pasado debe ocupar un lugar visible en el espacio público.


Una de las expresiones más claras de ese proceso es el Centro de la Civilización Islámica, que visité cuando todavía estaba en construcción. El proyecto pretende destacar la contribución de Uzbekistán al pensamiento, la ciencia y la cultura islámicos. Como descubriría más adelante en el viaje, esta región no fue únicamente un lugar de paso para comerciantes, sino también un centro de conocimiento en el que trabajaron estudiosos, teólogos, matemáticos y astrónomos cuyas ideas circularon mucho más allá de Asia Central.


El islam se ha convertido, así, en una parte destacada del relato nacional que las autoridades quieren proyectar. Eso no significa que Uzbekistán sea una república islámica: el país mantiene un sistema secular y un control estricto sobre la actividad religiosa.


Hombres arrodillados en una mezquita ante un mihrab azul y dorado con caligrafía árabe; ambiente solemne y de oración.

Pero el proceso tiene sus contradicciones. La independencia permitió recuperar una identidad nacional propia, pero no supuso una ruptura completa con todas las formas de autoritarismo. Islam Karimov, el primer presidente del Uzbekistán independiente, gobernó desde 1991 hasta su muerte en 2016 y encabezó la construcción del nuevo Estado, aunque también dirigió un régimen que restringió las libertades políticas.


Su sucesor, Shavkat Mirziyoyev, impulsó reformas económicas y una mayor apertura al exterior, pero las limitaciones políticas no desaparecieron. Cambiar el relato nacional y recuperar una historia propia no garantiza, por sí solo, una transformación equivalente en la vida política.


Cuando imaginaba Uzbekistán antes del viaje, pensaba en cúpulas turquesas, caravanas y ciudades que habían prosperado gracias al comercio entre Oriente y Occidente. Taskent me había obligado a aplazar esa imagen y mirar primero hacia otra parte: las huellas de la Unión Soviética, las contradicciones de su legado y los esfuerzos de un país independiente por recuperar una historia que iba mucho más allá de aquel periodo.


No era exactamente la introducción que esperaba, pero quizá por eso resultó interesante.


Pero el viaje apenas acababa de empezar. Aún me esperaban las ciudades de la Ruta de la Seda, y había una en particular que llevaba tiempo queriendo conocer: Samarcanda.



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