Samarcanda: el conquistador y las estrellas

Mi llegada a Samarcanda estuvo precedida por uno de esos trayectos que dicen bastante sobre la distancia entre la imagen que uno tiene de un país y la realidad con la que acaba encontrándose.
Viajé desde Taskent en el Afrosiyob, el tren de alta velocidad uzbeko, cuyo interior me resultó tan familiar que por momentos parecía que estaba subido al AVE. No era casualidad: Talgo, el fabricante español, había participado en el desarrollo de estos trenes, lo que ayudaba a explicar el parecido. Asientos cómodos, pantallas y un trayecto razonablemente rápido: la Ruta de la Seda había mejorado bastante sus infraestructuras desde los tiempos de las caravanas.
Llegué a Samarcanda ya de noche y me instalé en un hotel situado cerca de una de las calles peatonales del centro. Al día siguiente me esperaba una de las ciudades que más curiosidad me despertaban del viaje. Su nombre evocaba caravanas, comerciantes, cúpulas azules y la época en que Asia Central era un punto de encuentro entre mundos muy distintos. Pero, antes de perderme en esa imagen, tocaba empezar por el lugar que mejor resume su esplendor monumental: el Registán.

La plaza del Registán es difícil de abarcar de un solo vistazo. Tres madrasas se alzan frente a frente, formando un conjunto de una simetría casi escenográfica. La más antigua es la madrasa de Ulugh Beg, construida entre 1417 y 1420; las otras dos, Sher-Dor y Tilla-Kari, se levantaron en el siglo XVII. Sus fachadas están cubiertas de mosaicos, caligrafía y motivos geométricos, y basta acercarse para descubrir que la decoración, lejos de ser uniforme, está llena de detalles. En la madrasa Sher-Dor destaca una escena que se repite a ambos lados de la portada: dos grandes felinos, descritos habitualmente como tigres o leones, persiguen a unos ciervos bajo un sol con rostro humano. Su presencia resulta llamativa en un edificio religioso islámico, donde la representación de seres vivos no era habitual. El nombre Sher-Dor alude precisamente a estos animales, aunque su significado exacto dentro de la composición sigue siendo objeto de distintas interpretaciones.
La imagen tiene, además, una conexión con una leyenda local que ayuda a entender por qué estos felinos aparecen una y otra vez en Samarcanda. Según la tradición, cuando se fundó la ciudad, un leopardo descendió de las montañas de Zeravshan, recorrió sus calles y rodeó sus murallas como si aprobara la nueva construcción, antes de regresar a las montañas. Desde entonces, el animal habría quedado ligado a la identidad de la ciudad como símbolo de fuerza y protección.

Hay algo que no resulta evidente al contemplar el Registán: buena parte de la imagen que ha llegado hasta nuestros días también es fruto de la época soviética. Cuando las autoridades soviéticas asumieron la conservación del conjunto, las madrasas llevaban siglos sufriendo terremotos, abandono y deterioro. La actividad religiosa fue prohibida en sus aulas, pero décadas después se emprendieron ambiciosas campañas de restauración que reconstruyeron partes enteras de los edificios, incluida la cúpula de Tilla-Kari.
La paradoja es significativa: el mismo régimen que restringió la práctica religiosa contribuyó a preservar sus monumentos, transformándolos en patrimonio histórico y símbolos culturales. Al contemplar el conjunto, por tanto, no estaba viendo únicamente el esplendor de la Samarcanda medieval, sino también la interpretación que el siglo XX había hecho de aquel pasado.
Otro lugar que me gustó especialmente fue el mausoleo Gur-e-Amir, donde está enterrado Amir Timur, conocido en Occidente como Tamerlán. A diferencia de la amplitud del Registán, aquí la visita tiene algo más íntimo. La cúpula azulada, los interiores profusamente decorados y la riqueza de los detalles crean una atmósfera distinta. El edificio se construyó originalmente para albergar los restos de Muhammad Sultan, nieto de Timur, pero acabó convirtiéndose en el mausoleo dinástico de la familia. Allí también reposan otros miembros de la dinastía, entre ellos Ulugh Beg, cuyo nombre volvería a encontrar más adelante.
Timur construyó un imperio inmenso mediante campañas militares que dejaron tras de sí ciudades saqueadas y matanzas. Su legado es inseparable de esa violencia, por mucho que hoy se le recuerde también como una figura decisiva de la historia uzbeka. Samarcanda fue una de las grandes beneficiarias de sus conquistas: Timur la convirtió en capital y quiso hacer de ella una ciudad capaz de reflejar la magnitud de su poder. La belleza de sus monumentos convive, por tanto, con una historia bastante menos amable.

La mezquita Bibi-Khanum, construida por orden de Timur tras una de sus campañas en la India, me impresionó menos. Sus dimensiones son enormes y la fachada conserva una presencia imponente, pero después del Registán y Gur-e-Amir empecé a notar cierta repetición en las cúpulas, los mosaicos y los grandes portales. No era tanto un problema de la mezquita como de la acumulación de monumentos extraordinarios en un periodo muy corto: incluso el asombro necesita descansar de vez en cuando.
En cambio, Shah-i-Zinda fue uno de los lugares que más disfruté de toda la ciudad. Se trata de una necrópolis formada por mausoleos, muchos de ellos construidos entre los siglos XIV y XV para familiares de Tamerlán, miembros de la aristocracia y figuras religiosas. El conjunto creció alrededor del santuario de Qusam ibn Abbas, primo del profeta Mahoma según la tradición, que convirtió el lugar en un importante centro de peregrinación. Las fachadas están cubiertas de azulejos de tonalidades azules y turquesas, con una variedad de motivos y técnicas que invita a detenerse continuamente. Más que un simple cementerio, Shah-i-Zinda es un lugar donde se cruzan el poder, la fe y el recuerdo de quienes ocuparon un lugar destacado en la historia de Samarcanda.

Pero la visita que más me sorprendió fue la del observatorio de Ulugh Beg, algo apartado de los principales circuitos turísticos. El edificio original apenas se conserva: lo que queda es una parte del enorme instrumento astronómico que se utilizaba para medir la posición de los astros, junto con un pequeño museo que explica la importancia del lugar.
Ulugh Beg, nieto de Timur, fue gobernante, pero también un apasionado de las matemáticas y la astronomía. En la década de 1420 impulsó la construcción del observatorio y reunió a un grupo de estudiosos que elaboró un catálogo de alrededor de mil estrellas con una precisión notable para la época, siglos antes de la invención del telescopio.
Su equipo también calculó la duración del año solar con una precisión extraordinaria para el siglo XV: el resultado atribuido a Ulugh Beg se desviaba del valor moderno en apenas unos 25 segundos. Sus tablas astronómicas siguieron circulando durante siglos, una muestra de que el trabajo realizado en aquel observatorio no quedó enterrado con sus ruinas.
Después de recorrer monumentos levantados para celebrar el poder de un conquistador, encontrarme con la huella de alguien que había dedicado buena parte de su vida a observar el cielo me pareció especialmente interesante. En la misma dinastía convivían la ambición de dominar territorios y la curiosidad por comprender el universo.
Para terminar el día subí a la zona de Hazrat Khizr, desde donde se puede contemplar la ciudad y disfrutar de la puesta de sol. El cielo se tiñó de tonos rosados mientras la temperatura empezaba a bajar. Más tarde, el Registán iluminado ofrecía una imagen muy distinta a la de la mañana: los monumentos parecían aún más teatrales bajo la luz artificial, aunque el conjunto seguía conservando su fuerza.

Samarcanda acabó siendo mi ciudad favorita del viaje. No solo por la espectacularidad de sus monumentos, sino también por esa combinación inesperada entre la historia de las conquistas y la del conocimiento.
Había llegado pensando en la grandeza de la Ruta de la Seda y en los gobernantes que habían hecho de la ciudad un símbolo de poder; me marchaba con la sensación de que su historia también se explicaba mirando mucho más lejos, hacia las estrellas.
Pero la Ruta de la Seda todavía tenía otra parada importante esperándome: Bujará, una ciudad con un carácter distinto, donde esperaba encontrarme con otra forma de entender el legado histórico de Uzbekistán.
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