Transnistria: un país que no existe
Actualizado: hace 4 días

La mañana que salí hacia Transnistria empezó en la estación central de autobuses de Chisináu.
Mientras esperaba el autobús que me llevaría hasta Tiraspol, me fijé en un enorme mosaico que ocupaba una de las paredes de la estación. La obra, realizada en los años setenta, representaba una ciudad en construcción: trabajadores, estudiantes, músicos, familias, edificios y toda una colección de escenas que transmitían una idea bastante concreta de progreso. Era exactamente el tipo de arte público que la Unión Soviética colocaba en sus grandes espacios colectivos para explicar, también a través de imágenes, cómo debía imaginarse el futuro.
Me pareció una manera bastante apropiada de empezar el día.
Estaba a punto de salir de Moldavia hacia un territorio que llevaba más de treinta años construyendo su propia idea de identidad a partir, precisamente, de una parte de aquel pasado soviético.

Tenía la sensación de que iba a visitar un lugar extraño.
Había leído sobre el territorio, había visto fotografías de Lenin, banderas soviéticas, tanques y edificios oficiales con una estética que parecía detenida en otra época, pero una cosa es verlo en fotografías y otra muy distinta cruzar físicamente una frontera hacia un territorio que, oficialmente, no existe como país.
Desde Chisináu tomé el autobús hacia Tiraspol.
El viaje fue cambiando poco a poco de aspecto hasta que llegó el momento en que aparecieron los controles fronterizos. Allí me encontré con algo que no esperaba: los agentes fueron bastante amables conmigo.
Quizá yo había imaginado un ambiente mucho más hostil.
No lo era.
Transnistria había declarado su independencia de Moldavia en 1990, cuando la Unión Soviética empezaba a desintegrarse. La guerra llegó en 1992 y terminó con un alto el fuego en julio de aquel año. Desde entonces, el territorio funciona de facto con sus propias instituciones, ejército, moneda y administración, aunque ningún Estado miembro de Naciones Unidas reconoce su independencia. La OSCE considera el territorio parte de la República de Moldavia y trabaja desde 1993 en la búsqueda de un acuerdo político.
Y allí estaba yo, atravesando un territorio que en el mapa internacional seguía siendo Moldavia pero que, sobre el terreno, funcionaba como otra cosa.
Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de símbolos.
Lenin aparecía por todas partes.
Había banderas, monumentos, estrellas, referencias a la época soviética y una estética política que en la mayor parte de Europa había quedado relegada a los museos. En Tiraspol, en cambio, formaba parte del paisaje cotidiano.
No parecía un decorado montado para turistas.
Y eso fue precisamente lo que más me sorprendió.
Yo esperaba encontrar una especie de parque temático soviético.
Encontré algo diferente.
Había gente haciendo su vida.

Personas entrando en tiendas, esperando el autobús, caminando por la calle, hablando entre ellas. Los símbolos soviéticos estaban allí, pero no necesariamente como una escenografía para que yo hiciera fotografías.
Eran parte del lugar en el que vivían.
En algún momento incluso dos mujeres mayores empezaron a hablar conmigo en ruso.
Yo conseguí explicarles de dónde era y qué estaba haciendo allí, pero mi ruso todavía estaba muy lejos de permitirme mantener una conversación digna.
Tiraspol tenía además algunos lugares que parecían diseñados para recordar constantemente dónde estaba.
Pasé por el Ayuntamiento, vi el monumento a Aleksandr Suvórov y llegué hasta el tanque situado en el complejo dedicado a los defensores de Transnistria.
La presencia militar rusa era también visible. Rusia mantiene fuerzas en la región, y su presencia constituye uno de los elementos centrales del conflicto congelado. En 2024 se estimaba que había alrededor de 1.500 efectivos rusos en Transnistria.
Y aquí la historia que había empezado en Chisináu adquiría otra dimensión.
La cuestión no era simplemente que Transnistria fuera «pro-rusa».
El territorio se encontraba en una zona donde la población era mayoritariamente rusófona y donde, a finales de los años ochenta y principios de los noventa, el avance del nacionalismo moldavo y la recuperación del alfabeto latino fueron percibidos por parte de la población como una amenaza a su identidad y a su relación con el espacio soviético. El temor a una posible reunificación de Moldavia con Rumanía fue uno de los factores presentes en la reacción política de Transnistria.
La guerra de 1992 consolidó una situación que todavía hoy no se ha resuelto.
Desde entonces, Transnistria ha funcionado como un Estado de facto, sostenido política y militarmente por Rusia. Pero aquella dependencia no era únicamente política o militar.
También era económica, y en octubre de 2024 se encontraba en un momento especialmente delicado.
Durante décadas, el gas ruso había llegado a Transnistria prácticamente como una subvención. El combustible barato permitía mantener unas tarifas domésticas muy bajas, alimentar buena parte de su industria y hacer funcionar la central de Moldavskaya GRES, que además producía electricidad que se vendía al margen derecho del Dniéster.
Para Transnistria, aquel gas no era simplemente una fuente de energía: era uno de los pilares sobre los que se sostenía su economía.
Pero aquel modelo tenía fecha de caducidad. Ucrania había anunciado que no renovaría el acuerdo que permitía el tránsito del gas ruso por su territorio una vez expirase a finales de 2024. En octubre, cuando yo estaba allí, todavía no se había producido el corte, pero la amenaza ya condicionaba el futuro inmediato de la región.
Aquello añadía una dimensión nueva a un conflicto que hasta entonces podía parecer congelado en el tiempo.
Y eso hacía que cada monumento que estaba viendo tuviera un significado bastante más profundo que el de una simple estatua.
Lenin no era solo Lenin.
La bandera no era solo una bandera.
El tanque no era solo un tanque.
Pero aquella identidad soviética convivía con algo bastante menos soviético: una economía de mercado dominada por una empresa privada cuyo nombre aparecía por todas partes.
Sheriff.

La compañía había nacido en 1993, apenas un año después de la guerra, como una pequeña empresa y terminó construyendo un auténtico imperio local: supermercados, gasolineras, telecomunicaciones, hoteles, medios de comunicación, banca y deporte.
Y entonces descubrí que Sheriff no era solamente una empresa.
También era fútbol.
El FC Sheriff Tiraspol juega en la liga de Moldavia y, en 2021, consiguió una de esas hazañas futbolísticas que parecen inventadas para una película: ganó 1-2 al Real Madrid en el Santiago Bernabéu en la fase de grupos de la Champions League.
Transnistria empezaba a parecerme cada vez menos una cápsula soviética y bastante más una sociedad contemporánea, aunque construida sobre una identidad política muy particular.
Y entonces llegó la parte gastronómica.
Entré en un restaurante llamado Back in the USSR.
El nombre ya dejaba bastante claro que allí no habían venido precisamente a apostar por el minimalismo escandinavo.
El local estaba decorado hasta el último detalle y, durante unos minutos, tuve la sensación de que Tiraspol se había tomado demasiado en serio su propio nombre.
La comida, además, estaba muy buena.
Pedí borsch y me gustó especialmente.
Aunque había un pequeño detalle.
En la sala había un retrato de Stalin.
Así que, mientras me comía el borsch, tenía la sensación de que Stalin estaba allí, vigilando personalmente que disfrutara de la experiencia soviética.
No sabía si era una recomendación gastronómica o una supervisión ideológica, pero, por si acaso, me terminé el plato.
Y mientras comía, con música rusa sonando de fondo, pensé en lo extraño que era todo aquello.

Yo había llegado esperando encontrar una reliquia.
En realidad había encontrado una sociedad contemporánea que había construido su propia identidad alrededor de una memoria soviética que para otros lugares había quedado atrás.
Eso no significaba que todos sus habitantes pensaran exactamente igual ni que todo fuese una recreación nostálgica de la URSS. Pero sí resultaba evidente que los símbolos soviéticos seguían teniendo allí una presencia que difícilmente podía encontrarse en Chisináu.
También había otra diferencia importante.
En Chisináu había llegado pensando constantemente en la relación entre Moldavia, Europa y Rusia.
En Tiraspol esa relación dejaba de ser una discusión abstracta.
Era territorio.
Era una frontera.
Era una bandera.
Era un puesto de control.
Era una lengua.
Y era, sobre todo, una situación política que llevaba más de treinta años sin resolverse.
Desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, además, Transnistria había adquirido una importancia estratégica todavía mayor. El territorio limita con Ucrania y la posibilidad de que Rusia intentara establecer una conexión terrestre con Transnistria desde el sur de Ucrania se convirtió en una preocupación para Moldavia y Ucrania, aunque esa conexión nunca llegó a producirse.
Yo había llegado hasta allí precisamente por esa dimensión geopolítica.
Pero lo que más me sorprendió fue descubrir que detrás de todo aquello había gente viviendo su vida con bastante normalidad.

Me gustó Transnistria.
Quizá porque esperaba encontrar algo mucho más artificial y turístico y encontré, en cambio, un lugar que parecía creer sinceramente en la identidad que había construido.
Transnistria no era una anomalía colocada en medio de Moldavia.
Era una parte de la historia de Moldavia que seguía sin terminar.
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