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Moldavia: 9 días para decidir

hace 7 días
6 min de lectura
Mujer mayor con pañuelo azul lee el periódico en un banco junto a una pared de piedra, bajo el sol, con árboles al fondo.

Llegué a Chisináu el 11 de octubre de 2024 y lo primero que pensé fue que Moldavia se parecía bastante a lo que esperaba encontrar: una ciudad humilde, con un punto desordenado y muy alejada de esa Europa de postal que uno imagina cuando piensa en un viaje por el continente. Lo que no esperaba era que Chisináu fuera tan verde.


Además, tuve la suerte de llegar en otoño, que es mi estación favorita. Los árboles habían empezado a cambiar de color, las hojas cubrían las aceras y los parques tenían esa mezcla de verdes apagados, amarillos y ocres que hace que cualquier ciudad me parezca inmediatamente más interesante. Había árboles por todas partes, grandes espacios ajardinados y avenidas en las que el hormigón parecía convivir con una cantidad de vegetación bastante mayor de la que yo había imaginado.


Con el tiempo entendí que aquella sensación de ciudad verde no era del todo casual. La planificación urbana soviética no se limitaba a levantar viviendas que fueran relativamente asequibles y rápidas de construir. También perseguía, al menos sobre el papel, una determinada idea de calidad de vida: barrios con espacios abiertos, parques, zonas de descanso, equipamientos públicos y suficiente separación entre las grandes masas de edificios. La ciudad socialista debía ser funcional, pero también habitable. En Chisináu, aquella planificación todavía se podía percibir en la escala de la ciudad: grandes espacios, mucha vegetación y edificios que no siempre competían entre ellos por llamar la atención.


Sendero de parque arbolado en otoño, con gente caminando y sentada en bancos; farolas y carpas blancas al fondo.

También me llamó la atención otra cosa. Este no era un viaje cualquiera. Faltaban solamente nueve días para que los moldavos acudieran a las urnas para elegir presidente y, al mismo tiempo, decidir mediante un referéndum si querían incorporar en la Constitución la orientación del país hacia la Unión Europea. Las paredes y las calles estaban llenas de carteles electorales, engalanadas para la ocasión.


Y, sin embargo, mi primera impresión de Moldavia tuvo muy poco que ver con las elecciones.


Tuvo que ver con una celebración.


Mientras paseaba por el parque Ștefan cel Mare me encontré con un festival de grupos étnicos que no tenía absolutamente nada de turístico. Había personas vestidas con trajes tradicionales, música, bailes, puestos de artesanía y diferentes comunidades mostrando sus tradiciones. Era el Festivalul Municipal al Etniilor, celebrado aquel 12 de octubre, y la propia organización lo presentaba como una celebración de la diversidad cultural y la convivencia entre las comunidades étnicas del país.


La sensación que tuve fue precisamente esa: aquello no estaba pensado para extranjeros.


Era una fiesta para los propios moldavos.


Y yo, naturalmente, me dediqué a hacer fotografías como si estuviera documentando una expedición antropológica de la National Geographic, aunque mi Excel simplemente decía que tenía que estar paseando por Chisináu.


Hice miles de fotos. De hecho, algunas de las imágenes que más me gustan de todo el viaje salieron de aquel festival.


Mujer sonriente con pañuelo y abrigo negro sostiene una vasija; detrás, grupo con trajes tradicionales blancos y rojos.

La escena me hizo entender algo importante: cuando se habla de Moldavia desde fuera, es muy fácil reducirla a su posición entre Rumanía, Ucrania y Rusia, como si el país fuese simplemente una pieza colocada en medio de un mapa geopolítico. Pero allí había personas, tradiciones, música, comida y comunidades que tenían bastante más que decir sobre el país que cualquier mapa.


Y entonces empecé a fijarme en otra característica de Chisináu: sus edificios.


No quería llamarlos simplemente «arquitectura soviética», porque buena parte de lo que veía pertenecía a corrientes mucho más concretas: el modernismo soviético y, en algunos casos, el brutalismo.


La explicación estaba en la propia historia de la ciudad.


Chisináu había quedado gravemente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y, después del conflicto, las autoridades soviéticas emprendieron una reconstrucción que transformó radicalmente su fisonomía. Durante los primeros años aparecieron edificios de inspiración estalinista, monumentales y solemnes. Pero después de la muerte de Stalin cambió la forma de entender la arquitectura soviética. En 1955, Jrushchov criticó los excesos arquitectónicos de la época anterior y defendió edificios más funcionales, baratos y rápidos de construir.


El resultado fue una ciudad que empezó a llenarse de grandes bloques residenciales, equipamientos públicos, avenidas y edificios de hormigón que hoy identificamos con el modernismo soviético y el brutalismo.


No era solamente una cuestión estética. La arquitectura formaba parte de un proyecto mucho más ambicioso: la Unión Soviética pretendía construir no solo una ciudad nueva, sino también una sociedad nueva. Chisináu se convirtió así en una especie de laboratorio urbano en el que el hormigón tenía también una función política.


Pero había otra forma, mucho menos evidente, de transformar la identidad de la población: el idioma.


Antes de viajar había oído muchas veces que Moldavia y Rumanía estaban estrechamente relacionadas, pero allí empecé a comprender hasta qué punto esa relación era profunda.


El idioma que hoy tiene reconocimiento oficial como rumano en Moldavia pertenece al mismo sistema lingüístico que el rumano hablado en Rumanía. Existen diferencias de vocabulario, pronunciación e influencia histórica, especialmente por la presencia prolongada del ruso, pero la base lingüística es la misma.


Lo curioso es que durante buena parte del periodo soviético la diferencia se intentó hacer mucho más visible mediante la escritura.


Entre 1938 y 1989, la legislación soviética estableció que el idioma denominado entonces «moldavo» debía escribirse utilizando el alfabeto cirílico. En 1989, en plena recuperación del movimiento nacional moldavo, se recuperó el alfabeto latino.


Puede parecer una cuestión puramente técnica.


No lo era.


Si dos personas hablan prácticamente la misma lengua, pero una la escribe con letras latinas y la otra con caracteres cirílicos, la distancia visual entre ambas aumenta inmediatamente. El alfabeto se convierte así en una forma de identidad.


Y en Moldavia la cuestión lingüística acabó teniendo una dimensión política enorme.


Durante los últimos años de la Unión Soviética surgió un movimiento nacional que reclamaba la recuperación de la lengua y del alfabeto latino. Dentro de aquel movimiento también ganó fuerza una corriente que defendía la reunificación con Rumanía. El Frente Popular de Moldavia llegó a convertir el proyecto unionista en uno de sus grandes ejes políticos.


La cuestión no había aparecido de la nada. Entre 1918 y 1940, Besarabia había formado parte del Reino de Rumanía, antes de la anexión soviética. Pero a finales de los años ochenta, con la Unión Soviética entrando en su fase final, la relación con Rumanía volvió a convertirse en una cuestión central de la identidad moldava.


Dos banderas tricolores rumanas flanquean un documento antiguo enmarcado de Basarabia y Sfatul Țării en una sala de museo.

Y aquí apareció una de las claves para entender lo que iba a ver al día siguiente.


Porque para buena parte de la población rusófona del margen izquierdo del Dniéster, la recuperación del alfabeto latino, la reivindicación de una identidad rumana y la posibilidad de una futura reunificación con Rumanía no eran precisamente buenas noticias. Las reformas lingüísticas de finales de los ochenta generaron una fuerte reacción entre sectores rusófonos.


De aquel conflicto acabaría naciendo Transnistria.


Pero antes de cruzar el Dniéster todavía tenía que seguir descubriendo Moldavia.


Y una de las mejores maneras de hacerlo fue comiendo.


En La Plăcinte vi arenque en la carta y no necesité leer nada más. Ya lo había probado en Rusia y me había encantado, así que lo pedí inmediatamente. Llegó acompañado de un pan de centeno excelente y unas patatas que, por alguna razón que todavía no he conseguido explicar, estaban muchísimo más buenas de lo que deberían estar unas simples patatas.


La gastronomía moldava me gustó mucho. Encontré bastantes especias y sabores intensos, algo que personalmente agradezco, y tuve la sensación de que la cocina del país era otra de esas cosas que quedaban completamente eclipsadas cuando todo se explicaba únicamente desde la geopolítica.


En el Klassik Hotel también empecé los días como me gusta hacerlo: desayunando bien. La habitación era enorme para una persona sola, casi ofensivamente grande, y el desayuno cumplía perfectamente su función. Allí coincidí con la mujer moldava que se encargaba de reponer la comida, que fue especialmente amable conmigo.


Todo parecía ir tomando forma.


Hasta que, el 13 de octubre, me encontré con una sorpresa todavía mayor.


Me encaminaba a cenar cuando vi un escenario enorme montado en la ciudad. Me acerqué, miré quién tocaba y descubrí que aquella noche había un concierto con artistas que conocía.


Entre los artistas que iban a actuar estaba Vanotek, nacido en Moldavia pero formado musicalmente en Iași y posteriormente instalado en Bucarest, donde había construido buena parte de su carrera.


También estaba Misha Miller, nacida en Chisináu, formada en Rumanía y convertida en una de las voces que circulaban con naturalidad entre las escenas musicales de ambos países. De repente, aquella conexión entre Moldavia y Rumanía que durante el día había estado intentando entender a través de la historia, la lengua y el alfabeto aparecía delante de mí en forma de música pop.


Concierto en vivo con cantante y banda; fondo rojo con texto MISHA MILLER, luces láser moradas y público grabando.

Así que, de repente, el supuesto viajero que había llegado a Moldavia dispuesto a descubrir una de las sociedades menos visitadas de Europa acabó delante de un escenario cantando canciones que ya conocía.


Parecía que estaba en cualquier otro sitio.


Solo que no.


Estaba en Chisináu.


Y mientras escuchaba aquella música pensé que quizá el problema de intentar explicar Moldavia es precisamente que siempre buscamos una sola definición para un país que tiene demasiadas.


Y dentro de nueve días, todas esas Moldavias iban a votar.


Yo todavía no sabía exactamente qué significaba aquello.


Pero después de haber cruzado el Dniéster empezaba a entender una cosa: en Moldavia, algunas fronteras no aparecían en los mapas.



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