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Moldavia: una frontera que no termina

hace 6 días
4 min de lectura
Dos ancianas con pañuelos: una de pie con bolsa blanca da comida a otra sentada junto a flores en una acera, frente a pared gris.

Cuando regresé a Chisináu después de visitar Transnistria, la ciudad me pareció ligeramente diferente.


No porque hubiera cambiado nada durante las horas que había estado fuera.


Había cambiado mi manera de mirarla.


Los edificios brutalistas ya no me parecían solamente edificios. El idioma ya no era solamente eso. Las banderas que había visto por las calles tampoco eran simples elementos decorativos de una campaña electoral.


Después de haber estado en Tiraspol, todo parecía formar parte de una misma conversación.


Y entonces recordé que solo faltaban unos días para las elecciones.


Moldavia iba a votar el 20 de octubre de 2024 para elegir presidente y, al mismo tiempo, decidir mediante un referéndum constitucional si incorporaba en su Constitución la orientación hacia la Unión Europea.


Hombre mayor con chaleco rojo bajo carpa roja, ante cartel del Partido de los Socialistas de Moldavia; mujer sentada.

Cuando yo estaba allí todavía no sabía cómo terminaría aquello.


Solo veía los carteles.


Maia Sandu aparecía por las calles junto a banderas moldavas y europeas. Sus rivales también estaban presentes. Y, aunque yo no había hablado con ningún moldavo sobre política, era imposible ignorar que el país estaba a punto de tomar una decisión importante.


La situación era especialmente compleja porque no se trataba simplemente de elegir entre dos modelos perfectamente definidos.


Moldavia arrastraba décadas de relación con Rusia, una población rusófona importante, una historia soviética todavía visible, una conexión cultural y lingüística con Rumanía y una relación cada vez más estrecha con la Unión Europea.


Y, además, tenía un territorio que escapaba al control efectivo de Chisináu.


Después de Transnistria, la pregunta parecía mucho más complicada que «¿Europa o Rusia?».


La pregunta era qué parte de cada una de esas identidades formaba parte de Moldavia.


Yo ya estaba en casa cuando llegó la primera vuelta.


El 20 de octubre, en la primera vuelta, Maia Sandu obtuvo el 42,49 % de los votos y Alexandr Stoianoglo el 25,95 %, por lo que fue necesaria una segunda vuelta. En el referéndum sobre la orientación europea, el «sí» obtuvo 749.719 votos frente a 739.155 por el «no»: una diferencia de apenas 10.564 votos entre ambas opciones.


Es decir: la orientación europea quedó aprobada, pero por un margen extraordinariamente estrecho.


Tres banderas colgadas en una calle urbana: UE, Moldavia y otra blanca con franjas amarillas, bajo adornos de luces.

Y aquello me parece importante porque, visto desde fuera, resulta muy fácil contar la historia como si Moldavia hubiera tomado una decisión clara y unánime.


No fue así.


El resultado mostraba una sociedad dividida.


Además, durante la campaña, las autoridades moldavas denunciaron intentos de interferencia extranjera y compra de votos vinculados a redes relacionadas con Rusia. Rusia rechazó las acusaciones de injerencia. La misión de observación de la OSCE también señaló posteriormente la existencia de problemas relacionados con interferencia extranjera y financiación ilícita, aunque eso forma parte de un contexto electoral mucho más amplio que no puede reducirse a una única explicación.


El 3 de noviembre, en la segunda vuelta, Maia Sandu obtuvo el 55,35 % de los votos frente al 44,65 % de Alexandr Stoianoglo.


Y ahí terminó, al menos electoralmente, aquella historia que yo había empezado a observar nueve días antes.


Pero para mí el viaje no terminó realmente con las elecciones.


Terminó con una pregunta.


En apenas cuatro días, Moldavia me había mostrado realidades que, a primera vista, parecían difíciles de encajar en un mismo país. La diversidad cultural que había encontrado en el festival convivía con una identidad lingüística estrechamente vinculada a Rumanía; la herencia soviética seguía presente en el urbanismo de Chisináu, mientras que en Tiraspol se había convertido en uno de los pilares de una identidad política propia. Y, en medio de todo aquello, la vida continuaba con una naturalidad que desmentía cualquier intento de reducir el país a una disputa entre Moscú y Bruselas. Había música pop, gastronomía local, gente que iba a trabajar y elecciones a la vuelta de la esquina. La geopolítica estaba ahí, condicionándolo todo, pero nunca conseguía explicarlo todo.


Y cuanto más intentaba ordenar todo aquello, más difícil resultaba.


Quizá porque Moldavia no es realmente una frontera entre dos mundos.


Es muchos mundos a la vez.


Hay una Moldavia que mira hacia Rumanía y comparte con ella el idioma y una parte importante de su historia.


Hay otra que conserva una relación profunda con Rusia y con la memoria soviética.


Hay una Moldavia europea que intenta acercarse a la Unión Europea.


Hay una Moldavia rusófona.


Hay una Moldavia rural y otra urbana.


Y hay una Transnistria que, aunque internacionalmente siga formando parte de Moldavia, lleva más de treinta años viviendo de facto al margen de ella.


Por eso, después de haber estado allí, me cuesta pensar en el país simplemente como una frontera entre Rusia y Europa.


La frontera más interesante no estaba en el mapa.


Estaba dentro del propio país.


Una frontera hecha de idiomas, recuerdos, identidades, edificios, banderas y decisiones políticas.


Y quizá por eso recuerdo especialmente aquella tarde de otoño en Chisináu, antes de saber cómo terminarían las elecciones. Las hojas caían sobre los parques, la ciudad seguía funcionando con una normalidad casi desconcertante y, a pocos kilómetros de allí, existía un territorio que llevaba más de treinta años esperando una solución.


Mi Excel había previsto prácticamente todo aquel viaje.


Lo que no había previsto era que, al final, la pregunta más importante no fuese dónde estaba la frontera.


Sino qué había al otro lado de ella.


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