Mongolia: una ciudad en construcción

La primera vez que llegué a Ulaanbaatar pensé que la ciudad no encajaba con la Mongolia que había imaginado.
Después de varios días recorriendo Terelj, Karakórum, el valle del Orkhon y las dunas de Elsen Tasarkhai, cuando regresé a la capital me ocurrió algo bastante diferente: empecé a pensar que quizá era yo quien había llegado con una idea demasiado limitada del país.
La Mongolia que había imaginado existía.
Pero no era la única.
Había visto la Mongolia de Gengis Kan, la Mongolia nómada y la Mongolia budista. Había descubierto después la Mongolia socialista, marcada por la influencia soviética y por una relación especialmente estrecha con Moscú.
Ahora empezaba a ver otra.
Una Mongolia urbana, joven, dinámica y todavía en plena transformación.
Volver a la capital

Ulaanbaatar seguía teniendo el mismo problema que cuando llegué: un tráfico que parecía diseñado para poner a prueba la paciencia humana.
Pero ahora lo veía de otra manera.
Había edificios nuevos, obras, centros comerciales, restaurantes, jóvenes moviéndose constantemente por la ciudad y una sensación general de actividad que contrastaba enormemente con la imagen de país exclusivamente rural que había llevado conmigo.
Aquello no significaba que Mongolia se hubiera convertido de repente en una potencia económica ni que todos los problemas hubieran desaparecido. La economía continúa teniendo una fuerte dependencia de la minería y la concentración de población en Ulaanbaatar genera problemas importantes de vivienda, contaminación, transporte e infraestructuras.
Pero el cambio estaba ahí.
Se podía ver.
Y después de varios días recorriendo zonas rurales, resultaba todavía más evidente.
Gengis Kan entra en el siglo XXI

Una de las visitas que mejor representa esa transformación es el Museo Nacional Chinggis Khaan.
Es un edificio enorme, moderno y concebido con una ambición muy diferente de la que había percibido en el Museo Nacional. El museo abrió sus puertas al público en 2022 y está dedicado específicamente a la historia de Gengis Kan y de los Estados mongoles.
Me pareció interesante que Gengis Kan reapareciera precisamente allí.
No en una estatua ecuestre perdida en la estepa, sino en un museo contemporáneo, con tecnología, diseño moderno y una narrativa histórica pensada para explicar Mongolia a sus propios ciudadanos y al visitante internacional.
El contraste con el Museo Nacional era evidente.
En uno tenía la sensación de estar entrando en la historia de Mongolia.
En el otro, de estar entrando en la manera en que la Mongolia actual quiere contar esa historia.
Y eso es importante.
Los países no solo conservan su pasado; también lo interpretan.
La construcción de un gran museo nacional dedicado a Gengis Kan refleja la importancia que el fundador del Imperio mongol continúa teniendo en la identidad nacional contemporánea.
Después de haber visto Karakórum, aquella elección tenía mucho sentido.
El imperio ya no existe.
La memoria del imperio sí.
La tradición como patrimonio

Por la noche fui al teatro para asistir a un espectáculo de Tumen Ekh.
Allí apareció otra Mongolia.
Música tradicional, danza, canto de garganta, instrumentos como el morin khuur y una puesta en escena que convertía tradiciones de la cultura mongola en un espectáculo accesible para el público.
Me interesó especialmente porque planteaba otra cuestión: qué ocurre con una tradición cuando deja de ser únicamente una práctica cotidiana y se convierte también en patrimonio cultural y en espectáculo.
No me molestó la teatralización. Al contrario, me pareció una forma eficaz de acercarse a manifestaciones culturales que, de otro modo, probablemente no habría podido experimentar.
Pero también me hizo pensar en la frontera, cada vez más difícil de establecer, entre cultura viva y representación cultural.
Durante el viaje había visto esa misma tensión en otros lugares: familias nómadas recibiendo visitantes, animales utilizados para fotografías, monasterios convertidos en lugares turísticos y monumentos históricos que funcionan simultáneamente como espacios de memoria y como atracciones.
Mongolia no es un museo.
Y precisamente por eso el turismo obliga constantemente a negociar entre conservar una tradición y convertirla en una experiencia.
Comer Mongolia

La gastronomía me proporcionó una versión mucho más cotidiana de esa transformación.
El primer día probé Modern Nomads y no me convenció demasiado. El restaurante estaba bien presentado, pero la comida me pareció bastante mediocre. Fue una de esas experiencias en las que uno empieza a sospechar que quizá ha caído exactamente donde no quería caer.
Después descubrí un restaurante en el entorno del Shangri-La Mall y la experiencia cambió completamente.
Me gustó tanto que terminé repitiendo allí durante los días siguientes y aprovechando para probar distintos platos.
No es una gran revelación gastronómica decir que comer bien cambia la percepción de una ciudad, pero es cierto. La comida permite entender la transición entre dos Mongolias: la de los productos vinculados a la ganadería y la vida pastoral y la de una capital que incorpora restaurantes, centros comerciales y una oferta gastronómica cada vez más internacional.
La Mongolia urbana no había abandonado su tradición alimentaria.
Simplemente había empezado a convivir con muchas otras cosas.
Una ciudad joven

Quizá la mayor diferencia respecto a la imagen que llevaba de Mongolia estaba en las personas.
Había una presencia muy visible de jóvenes, especialmente en el centro de Ulaanbaatar. Se movían entre cafés, restaurantes, centros comerciales y universidades; hablaban idiomas extranjeros y parecían completamente integrados en una cultura urbana global.
Eso también explicaba algo que me había llamado la atención al principio: la diferencia entre generaciones.
El ruso había tenido un papel fundamental en la educación y las relaciones exteriores durante la época socialista, pero para las generaciones más jóvenes el inglés ha adquirido una importancia mucho mayor.
La ciudad parecía mirar hacia fuera.
Y eso tenía una explicación histórica.
Después de 1990, Mongolia abandonó el sistema socialista y comenzó una transición hacia una economía de mercado y un sistema multipartidista. Al mismo tiempo, desarrolló una política exterior destinada a mantener relaciones con sus dos grandes vecinos y a ampliar sus vínculos con otros países, una estrategia que suele describirse mediante el concepto de los “terceros vecinos”.
La ciudad que estaba viendo era, en parte, el resultado de ese proceso.
Volver a la plaza

En mi primer día había visto la plaza de Sükhbaatar llena de banderas mongolas y chinas porque Han Zheng se encontraba de visita oficial. En aquel momento me limité a preguntarme qué estaba ocurriendo.
Después de todo el viaje, aquella imagen tenía otro significado.
Mongolia continúa viviendo entre sus dos gigantescos vecinos.
China es fundamental para sus relaciones comerciales, especialmente por su proximidad y por la importancia de la minería mongola. Rusia sigue siendo relevante en energía, transporte, historia y seguridad.
La visita de Han Zheng en septiembre de 2024 no fue simplemente un episodio protocolario. Durante aquellos días se trataron cuestiones relacionadas con energía, infraestructuras, conectividad y cooperación económica entre ambos países.
Y apenas unos días antes había estado Putin.
Dos visitas de dos grandes potencias en el mismo momento.
La posición geográfica de Mongolia no ha cambiado desde los tiempos de Gengis Kan.
Lo que ha cambiado es la forma en que el país intenta gestionar esa posición.
El futuro tiene problemas

No quería irme de Mongolia con una visión excesivamente optimista.
La sensación de progreso que tuve durante aquellos últimos días era real como experiencia personal, pero no basta para describir un país entero. Mongolia tiene importantes desafíos estructurales: dependencia de las materias primas, desigualdad territorial, presión sobre Ulaanbaatar, problemas ambientales y una concentración demográfica muy elevada en la capital.
El tráfico era, de hecho, una demostración bastante eficaz de algunos de esos problemas.
Cada desplazamiento por la ciudad podía convertirse en una pequeña prueba de resistencia.
Y, sin embargo, al mismo tiempo había proyectos para intentar solucionarlo, nuevas infraestructuras, edificios en construcción y una sensación de que la ciudad estaba intentando crecer más deprisa de lo que sus infraestructuras podían soportar.
Eso también es progreso.
No el progreso limpio y ordenado de los folletos institucionales, sino el que aparece entre obras, atascos, edificios nuevos y proyectos todavía incompletos.
Una ciudad que está cambiando suele tener un aspecto bastante parecido a eso.
Tres Mongolias

Al final del viaje me di cuenta de que había recorrido tres países sin haber salido nunca de Mongolia.
Primero había conocido la Mongolia de Gengis Kan: Karakórum, Erdene Zuu, los caballos, la estepa, las tradiciones nómadas y una identidad nacional construida alrededor de uno de los personajes más poderosos de la historia de Asia.
Después había descubierto la Mongolia soviética: Gandan después de la persecución religiosa, Zaisan, Zhukov, Khalkhin Gol, la locomotora de Stalin, los museos militares y una relación con Moscú que había transformado profundamente el país.
Y finalmente había regresado a Ulaanbaatar para encontrarme con la tercera Mongolia.
La de los jóvenes.
La de los centros comerciales.
La de los restaurantes.
La de los edificios modernos.
La de los museos que utilizan tecnología para explicar el pasado.
La de las obras, los proyectos y los atascos.
La de un país que todavía tiene que resolver problemas importantes, pero que ya no parece interesado en vivir exclusivamente de su pasado.
Quizá por eso el título que había elegido para el primer artículo -Mongolia: las huellas de un imperio- terminó adquiriendo para mí un significado diferente.
Porque las huellas de Gengis Kan están por todas partes.
Pero también están las de la Unión Soviética.
Y, sobre ellas, empiezan a aparecer otras nuevas.
La última noche, mientras recorría Ulaanbaatar, pensé en aquella primera llegada desde el aeropuerto. Entonces había visto una ciudad que no encajaba con la Mongolia que esperaba encontrar.
Ahora entendía que ese era precisamente el punto.
Había llegado buscando el pasado.
Pero la última imagen que me llevaba de Mongolia no era una estatua de Gengis Kan, ni un mosaico soviético, ni una ger perdida en la estepa.
Era una ciudad en obras, llena de jóvenes y de edificios nuevos, atrapada en un tráfico imposible mientras intentaba crecer.
Y quizá esa era la verdadera historia que había venido a contar: no la de un país que conserva su pasado, sino la de un país que está intentando construir su futuro sin dejar de cargar con todo lo que ha sido.
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