Mongolia: las huellas de un imperio
Actualizado: hace 7 días

Llegué a Ulaanbaatar a las 7:15 de la mañana del 7 de septiembre de 2024, después de hacer escala en Estambul con Turkish Airlines, una de esas compañías que sigo eligiendo incluso cuando eso implica pasarme medio viaje justificando que, sí, sé que Turquía produce vino y que, sí, prefiero el francés. A esas horas, sin embargo, el debate vinícola era todavía secundario. Lo primero que tenía por delante era un largo trayecto desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad.
Había imaginado ese desplazamiento muchas veces antes de viajar. Mi Excel, naturalmente, también lo había hecho. Después de semanas organizando horarios, visitas y desplazamientos, mi plan consistía en llegar a Mongolia y encontrar, casi inmediatamente, la estampa que llevaba años asociando al país: una carretera atravesando una inmensa extensión de hierba, algún caballo en la distancia, una ger y, si había suerte, un jinete apareciendo en el horizonte.
La primera parte del plan funcionó.
El paisaje que rodeaba Ulaanbaatar era exactamente el que esperaba: una extensión extraordinariamente plana, verde y aparentemente interminable, en la que la escala resulta difícil de comprender cuando uno procede de una Europa densamente urbanizada. Mongolia es uno de los pocos lugares del mundo donde la distancia puede convertirse en una experiencia física. El horizonte parece estar siempre un poco más lejos de lo que debería.
Lo que no esperaba encontrar al final de la carretera era una ciudad como Ulaanbaatar.
Había imaginado una capital mucho más pequeña, más pobre y, probablemente, bastante más gris. Sin embargo, al acercarme al centro empezaron a aparecer edificios modernos y grandes avenidas, junto con una cantidad de tráfico que convertía aquella primera impresión en algo bastante menos idílico. Ulaanbaatar tenía poco que ver con la imagen romántica de Mongolia que llevaba en la cabeza.
El autobús me dejó cerca de la plaza de Sükhbaatar, frente al Parlamento. Era mi primer contacto real con la ciudad y, por una casualidad bastante oportuna, la plaza estaba llena de banderas mongolas y chinas. No se trataba de una celebración improvisada: el vicepresidente chino Han Zheng se encontraba en Mongolia aquellos días, dentro de una visita oficial.
Aquella primera imagen tenía más significado del que yo podía apreciar entonces. Mongolia ocupa una posición geográfica excepcionalmente delicada: entre Rusia y China, dos potencias de dimensiones completamente diferentes a las suyas. Buena parte de su historia moderna puede entenderse precisamente a partir de esa posición.
Pero yo todavía no había venido a estudiar geopolítica.
Había venido buscando a Gengis Kan.
Una ciudad que todavía mira hacia el imperio

La figura de Gengis Kan apareció prácticamente desde el principio. Su estatua domina la plaza y su presencia en la identidad nacional mongola es difícil de exagerar. Sin embargo, la escultura de Sükhbaatar me pareció casi modesta cuando más tarde vi la gigantesca estatua ecuestre de Gengis Kan en el entorno de Terelj.
Aquello me hizo entender que Gengis Kan no es únicamente un personaje histórico en Mongolia. Es un elemento central de la memoria nacional.
Y, cuanto más avanzaba el viaje, más evidente resultaba que aquella memoria no era una simple nostalgia por un pasado glorioso. La Mongolia contemporánea sigue utilizando el periodo imperial para explicar su propia existencia y su lugar en el mundo.
En el Museo Nacional empecé a comprender mejor esa dimensión. El museo tenía un aspecto algo anticuado, incluso ligeramente soviético en determinadas salas, pero precisamente por eso me resultó interesante. Había piezas arqueológicas, objetos relacionados con los diferentes periodos de la historia mongola y también una cantidad considerable de material correspondiente al siglo XX.
Me llamó especialmente la atención esa convivencia de épocas. En una misma visita podía pasar de la historia de los grandes imperios de la estepa a carteles de la época socialista, referencias a Moscú y recuerdos de los Juegos Olímpicos de 1980.
Mongolia parecía tener una historia demasiado grande para caber en una sola identidad.
Gandan: una tradición que sobrevivió

Esa sensación se hizo todavía más evidente en el monasterio de Gandantegchinlen, conocido comúnmente como Gandan.
La visita me sorprendió. Esperaba encontrar un lugar turístico, quizá demasiado preparado para recibir visitantes, y en cambio me encontré con numerosos monjes, un ambiente religioso vivo y muy pocos turistas. El personal de la entrada fue especialmente amable y, cuando pronuncié algunas palabras en ruso, la situación acabó provocando más sonrisas de las que probablemente merecía mi nivel de ruso.
El monasterio también me permitió descubrir otra de las grandes contradicciones de la historia reciente de Mongolia.
El budismo había adquirido una enorme importancia en la sociedad mongola antes de la revolución. A comienzos del siglo XX, los monasterios constituían instituciones religiosas, económicas, educativas y sociales de enorme peso. La llegada del régimen revolucionario y su progresiva aproximación al modelo soviético alteró radicalmente esa situación. Durante las campañas represivas de la década de 1930, cientos de instituciones budistas fueron destruidas y miles de religiosos fueron perseguidos.
Gandan fue reabierto en 1944 en unas circunstancias excepcionales, cuando el régimen permitió la recuperación limitada de la actividad religiosa.
Por eso, cuando entré en el recinto y vi a los monjes desplazándose entre los edificios, la experiencia tenía un significado diferente al de una simple visita monumental. No estaba contemplando únicamente una tradición conservada: estaba viendo también una tradición que había sobrevivido a uno de los periodos de mayor transformación política y religiosa de la historia del país.
El enorme Avalokiteshvara que domina el complejo contribuía, además, a esa sensación de continuidad. Después de haber visto la plaza de Sükhbaatar, con sus referencias al Estado moderno, Gandan representaba otra Mongolia, mucho más antigua y vinculada a una tradición religiosa que el siglo XX había intentado eliminar.
Y fue precisamente allí donde apareció, por primera vez, una pregunta que entonces todavía no sabía que iba a acompañarme durante todo el viaje: ¿qué había ocurrido con aquella Mongolia cuando el país quedó bajo la influencia soviética?
Todavía no tenía la respuesta.
La Mongolia nómada

Fuera de Ulaanbaatar, la imagen que había venido buscando empezó a aparecer con mayor claridad.
Terelj fue uno de esos lugares.
Las montañas, los bosques y el cambio de color propio de los primeros días del otoño hacían que el paisaje fuera radicalmente diferente al de la capital. Mongolia no es únicamente una inmensa llanura de hierba: existen también zonas montañosas y boscosas, y Terelj permite comprobarlo sin necesidad de alejarse demasiado de Ulaanbaatar.
Y allí apareció de nuevo Gengis Kan.
La enorme estatua ecuestre es difícil de ignorar. Es gigantesca, casi desproporcionada, y precisamente por eso funciona. Dentro hay un pequeño museo y se puede subir hasta la parte superior, aunque el espacio se vuelve bastante más incómodo cuando coinciden varios visitantes.
En los alrededores encontré también una escena que me resultó bastante menos romántica: animales utilizados para fotografiarse con turistas, incluidos camellos y águilas. Entiendo perfectamente que el turismo genere ingresos para quienes viven en estas zonas, pero la utilización de animales como simple decorado fotográfico me pareció desagradable.
Más adelante paramos en la ger de una familia nómada.
La vivienda era exactamente como esperaba: circular, sencilla y funcional, con una estructura adaptada a una forma de vida en la que la movilidad sigue teniendo una importancia fundamental. Nos ofrecieron una especie de pequeño turrón de leche seca, que después descubriría que probablemente era aaruul, mientras fuera se encontraban varios caballos siendo ordeñados.
No hablé directamente con la familia porque nuestro guía era quien hacía de intermediario lingüístico, pero tampoco necesitaba demasiada conversación para entender la escena. Era una imagen mucho más interesante que cualquier recreación turística porque allí, al menos durante unos minutos, la vida cotidiana seguía siendo la protagonista.
Y también estaba el perro.
Un ejemplar grande, imponente, de esos que hacen que uno se pregunte si realmente tiene sentido intentar acariciarlo. En Mongolia existe una raza tradicional de perro guardián de los rebaños conocida como bankhar mongol, aunque prefiero no atribuirle esa raza a aquel animal concreto sin una identificación inequívoca. La escena, en cualquier caso, completaba una imagen de la Mongolia pastoral que hasta entonces solo había conocido a través de fotografías.
Después caminamos hasta el monasterio de Aryapala. El sendero, la tranquilidad del lugar y las vistas sobre Terelj hicieron que fuera probablemente uno de los momentos más agradables del viaje.
Pero todavía me faltaba el lugar donde aquella historia adquiría verdadera dimensión.
Karakórum.
Cinco horas hacia el corazón del imperio

El viaje desde Ulaanbaatar hasta Karakórum duró unas cinco horas.
Naturalmente, mi Excel había previsto la salida con suficiente antelación. Lo que no había previsto era que el taxi me llevaría inicialmente a una estación equivocada.
El edificio parecía nuevo, pero estaba prácticamente vacío. Después de unos minutos intentando comprender qué estaba pasando, descubrí que aquella no era la estación que necesitaba. Me tocó caminar unos veinte minutos hasta la correcta.
En circunstancias normales aquello habría sido suficiente para empezar a preocuparme, pero tengo una ventaja que mi obsesión por planificar los viajes suele proporcionar: siempre dejo margen.
El Excel puede equivocarse.
Yo procuro que tenga tiempo para hacerlo.
La estación correcta resultó ser un edificio que parecía una mezcla de intercambiador de transportes y centro comercial. Tuve que imprimir el billete comprado por internet en uno de los mostradores y, finalmente, subí al autobús.
El viaje fue mucho más cómodo de lo esperado. El interior tenía decoración mongola y una pantalla en la que se sucedían canciones locales. Fuera, mientras tanto, se repetía una de las imágenes más características del país: la estepa atravesada por una carretera prácticamente recta, con alguna ger aislada y grupos de caballos apareciendo de vez en cuando.
En una parada para descansar apareció otro pequeño episodio que terminó formando parte del viaje. El lugar donde podíamos ir al baño consistía básicamente en una estructura exterior de madera y un agujero en el suelo. No sé si aquello puede considerarse infraestructura turística; mi Excel, desde luego, no había llegado a ese nivel de detalle.
Karakórum apareció varias horas después.
La actual Kharkhorin es una localidad relativamente pequeña, con viviendas bajas, algunos edificios de mayor altura y un paisaje en el que las montañas vuelven a ganar protagonismo. Resultaba difícil imaginar que allí hubiera estado una de las capitales del mayor imperio terrestre contiguo de la historia.
Y, sin embargo, allí estaba.
El valle del Orkhon conserva precisamente esa superposición de culturas y formas de organización política que explica la importancia del lugar. UNESCO considera el valle un paisaje cultural excepcional porque combina restos de sociedades nómadas, centros administrativos, comerciales, militares y religiosos, entre ellos Karakórum, capital del Imperio mongol.
Caminar sin buscar nada

Uno de los días en Karakórum no tenía un plan particularmente ambicioso.
Así que hice algo que, para alguien que viaja con un Excel como compañero de viaje, tiene cierto componente de rebeldía: salí a caminar sin un objetivo concreto.
Seguí la avenida principal, observé las casas, miré las montañas y terminé acercándome al río Orkhon. Había rebaños de ovejas y cabras, y el ambiente era mucho más tranquilo que en Ulaanbaatar.
También vi a un hombre bañándose completamente desnudo en el río.
No había previsto aquello.
Por una vez, mi Excel no tenía nada que decir.
Erdene Zuu y las piedras que sobrevivieron

Erdene Zuu fue, sin embargo, la visita que convirtió Karakórum en algo más que un nombre histórico.
El monasterio ocupa una superficie considerable y, cuando lo visité, había muy pocos turistas. En algunos momentos tuve la sensación de estar recorriendo el recinto prácticamente solo.
La paradoja histórica resulta fascinante. Erdene Zuu no fue construido en tiempos de Gengis Kan, sino a finales del siglo XVI, mucho después de la desaparición de Karakórum como capital imperial. Su construcción utilizó además materiales procedentes, en parte, de las ruinas de la antigua ciudad.
Era como si una Mongolia posterior hubiera construido su propio monumento sobre las ruinas de la Mongolia imperial.
Y alrededor del recinto aparecieron algunos de los elementos más curiosos de toda la visita.
Las piedras-tortuga, por ejemplo.
Se conocen cuatro grandes tortugas de piedra relacionadas con el antiguo emplazamiento de Karakórum. Las interpretaciones tradicionales las presentan como protectoras de la ciudad y como marcadores simbólicos de su espacio, asociados a los cuatro puntos cardinales; además, las tortugas servían de soporte para estelas conmemorativas.
La imagen me pareció extraordinariamente apropiada.
Una tortuga de piedra sostiene una estela destinada a preservar una memoria que debía sobrevivir a quienes la habían construido. En una civilización acostumbrada a desplazarse por la estepa, convertir la piedra en soporte de la memoria era una forma de fijar el poder y la historia en un lugar concreto.
Y luego estaba la otra piedra.
La piedra fálica de Karakórum.
A primera vista, resulta tan evidente que casi no hace falta explicación. Sin embargo, precisamente por eso es fácil quedarse en la anécdota.
La tradición más extendida sostiene que la escultura tenía una función relacionada con la disciplina monástica: recordar a los jóvenes monjes su voto de celibato. Otras interpretaciones han asociado el símbolo con la fertilidad y la vida. La dificultad está en separar la tradición legendaria de aquello que podemos documentar históricamente.
Me pareció una buena representación de lo que estaba ocurriendo durante todo el viaje.
En Karakórum había monumentos cuya función conocíamos con bastante precisión, otros cuya interpretación dependía de la tradición y otros que obligaban a aceptar que la historia deja preguntas sin responder.
En Karakórum, incluso las piedras tenían una historia.
Un imperio convertido en paisaje

También visité el museo de Karakórum y el monumento dedicado a los Estados mongoles, situado en una elevación desde la que se domina el entorno.
Pero quizá lo más impresionante no estaba dentro de ningún edificio.
Estaba fuera.
Mirar aquel paisaje y pensar que allí había existido una capital imperial resultaba extraño porque nada en el horizonte parecía corresponderse con la idea que tenemos de una capital. No había una gran ciudad, ni murallas monumentales, ni una sucesión de palacios que permitiera reconstruir visualmente el poder que había emanado de aquel lugar.
Lo que quedaba era el paisaje.
Y quizá esa sea una de las particularidades fundamentales de la historia mongola: un imperio nacido de una cultura política y militar profundamente vinculada al nomadismo terminó creando centros urbanos de enorme importancia, pero sin abandonar nunca completamente el espacio que había hecho posible su existencia.
Un último cambio de paisaje

Antes de regresar a Ulaanbaatar hicimos una excursión al llamado Mini-Gobi, en la zona de Elsen Tasarkhai.
El paisaje volvió a cambiar.
Las dunas aparecían en medio de una transición entre la estepa, las montañas y la arena, con camellos alrededor y muy pocos turistas. Podíamos montar o caminar. Elegí caminar.
Las dunas no eran gigantescas, pero después de varios días de praderas y montañas resultaban suficientemente extrañas como para recordar que Mongolia contiene paisajes mucho más diversos de lo que su imagen habitual permite imaginar.
Mientras caminaba pensé que aquello debía de ser solo una pequeña introducción al verdadero Gobi.
Y, probablemente, lo era.
Me fui de Mongolia sin haber visto el desierto del Gobi profundo ni las montañas del oeste. Dos razones bastante buenas para volver.
Pero, sobre todo, me fui entendiendo algo que no había previsto cuando aterricé.
Había llegado buscando a Gengis Kan.
Lo había encontrado en las estatuas, en los museos, en las historias y, sobre todo, en Karakórum. Pero cuanto más avanzaba el viaje, más evidente resultaba que Mongolia no era únicamente la herencia de aquel imperio.
Había otra historia, mucho más reciente, esperando detrás de aquellas piedras.
Y lo curioso era que, cuando regresé a Ulaanbaatar, empecé a verla por todas partes.
En los mosaicos.
En las locomotoras.
En los uniformes militares.
Y hasta en el rostro de un hombre que llevaba muerto décadas.
Para entender esa otra Mongolia, tendría que dejar atrás a Gengis Kan y seguir las huellas de Stalin.
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