Mongolia: el último rey y un elefante en la estepa
Actualizado: hace 7 días

Cuando llegué a Mongolia pensaba que iba a encontrar a Gengis Kan.
Lo que no esperaba encontrar era a Stalin.
Después de varios días recorriendo Terelj, Karakórum y el valle del Orkhon, regresé a Ulaanbaatar con una sensación extraña. Había visto la Mongolia de los caballos, las gers, los monasterios y el antiguo imperio; sin embargo, la capital parecía contar otra historia.
En sus calles había edificios de inspiración soviética, monumentos militares, referencias a Rusia y una arquitectura que no tenía absolutamente nada que ver con la imagen de la estepa que me había acompañado hasta entonces.
Para comprenderla tuve que retroceder casi un siglo.
La revolución que cambió Mongolia

Tras la revolución de 1921, Mongolia quedó estrechamente vinculada a la Rusia soviética. En 1924 se proclamó la República Popular de Mongolia y comenzó un proceso de transformación política, económica y social que convertiría al país en el primer Estado socialista fuera de la Unión Soviética.
La influencia soviética no se limitó a las instituciones políticas. Alcanzó la educación, el ejército, la economía, las infraestructuras y, de manera especialmente traumática, la religión.
El budismo había tenido un peso extraordinario en la sociedad mongola. A comienzos del siglo XX, los monasterios constituían centros de poder económico, educativo y social. Para el nuevo régimen, aquellas instituciones representaban una estructura de autoridad difícilmente compatible con el proyecto socialista.
Durante las campañas represivas de la década de 1930, cientos de monasterios fueron destruidos y miles de monjes fueron perseguidos.
Gandan, que había visitado unos días antes, adquiría ahora otro significado.
Pero antes de llegar a la Mongolia soviética había que pasarpor una etapa mucho más breve y bastante peculiar.
El palacio del Bogd Khan

El Palacio de Invierno del Bogd Khan es probablemente uno de los lugares de Ulaanbaatar donde mejor se entiende la Mongolia que existía justo antes de la revolución.
El Bogd Khan había sido la máxima autoridad religiosa del budismo mongol y, desde la independencia de 1911, también el jefe del Estado. Mongolia había aprovechado la caída de la dinastía Qing para proclamar su independencia y establecer una monarquía teocrática.
El palacio conserva objetos religiosos, regalos diplomáticos y numerosos recuerdos de aquella época. Pero lo que más me llamó la atención fue descubrir que el Bogd Khan había llegado a tener un elefante.
Sí, un elefante.
El animal fue adquirido durante una misión mongola en Rusia a comienzos de la década de 1910 y trasladado hasta Urga, la actual Ulaanbaatar. No puedo evitar imaginar la logística necesaria para semejante operación en una Mongolia sin carreteras modernas ni, evidentemente, ningún servicio de transporte de animales exóticos.
El episodio tiene algo de extravagante, pero también resulta revelador. La corte del Bogd Khan mantenía relaciones con Rusia, China y el Tíbet, recibía objetos procedentes del extranjero y trataba de desenvolverse en un mundo en plena transformación.
Era una Mongolia independiente, pero todavía profundamente vinculada a su tradición religiosa y a las estructuras de poder anteriores.
El tiempo de aquel mundo, sin embargo, estaba contado.
El Bogd Khan murió en 1924, apenas unos años después de la revolución de 1921, y el nuevo régimen fue reduciendo progresivamente el poder de la antigua élite religiosa hasta transformar por completo el país.
El palacio conservaba, por tanto, algo más que recuerdos de un monarca.
Conservaba la imagen de la Mongolia que estaba a punto de desaparecer.
Y la que iba a sustituirla tendría una relación muy diferente con su vecino del norte.
Zaisan: la historia convertida en mosaico

La mejor manera de comprobarlo fue subir hasta Zaisan.
El acceso comenzaba cerca de un centro comercial y continuaba después por una larga sucesión de escaleras. El esfuerzo merecía la pena.
El monumento está formado por un gran mural circular de mosaicos que representa distintos episodios de la historia de la relación soviético-mongola. Aparecen referencias a la revolución de 1921, a la amistad entre Mongolia y la Unión Soviética, a la batalla de Khalkhin Gol y a la victoria sobre la Alemania nazi y el Japón imperial.
No era simplemente un monumento militar.
Era una narración política.
La historia aparecía seleccionada, ordenada y convertida en imagen para transmitir una idea concreta: Mongolia y la Unión Soviética habían compartido una historia de lucha, modernización y victoria.
Y había algo especialmente interesante en el momento en que yo estaba allí.
El monumento había sido restaurado poco antes de mi visita. El 3 de septiembre de 2024, apenas cuatro días antes de mi llegada, Vladimir Putin había visitado Mongolia con motivo del 85.º aniversario de la batalla de Khalkhin Gol y, junto al presidente mongol Ukhnaa Khürelsükh, había depositado una ofrenda floral ante el monumento de Georgy Zhukov.
De repente, aquel pasado soviético dejaba de parecer tan lejano.
Putin había estado allí unos días antes.
Los mosaicos continuaban en su sitio.
Y la historia seguía teniendo presencia política en el presente.
Khalkhin Gol y Zhukov

La batalla de Khalkhin Gol merece una explicación porque aparece una y otra vez en la memoria histórica de Mongolia.
En 1939, las fuerzas soviéticas y mongolas combatieron contra las fuerzas japonesas en la frontera entre Mongolia y Manchuria. El conflicto terminó con la derrota de las fuerzas japonesas y tuvo consecuencias importantes para la estrategia japonesa durante la Segunda Guerra Mundial.
El comandante soviético Georgy Zhukov desempeñó un papel decisivo en aquellas operaciones y posteriormente se convirtió en uno de los grandes héroes militares soviéticos.
En septiembre de 2024, la memoria de aquella victoria seguía siendo suficientemente relevante como para que Putin y Khürelsükh participaran juntos en una ceremonia ante su monumento.
Mientras contemplaba aquella historia convertida en monumento, me resultó inevitable pensar que el pasado nunca desaparece completamente. Cambia de significado, cambia de contexto, pero puede volver a aparecer cuando menos lo esperas.
Y en Ulaanbaatar había otra pieza de aquel pasado esperando unas calles más abajo.
Stalin en una locomotora

En el Museo del Ferrocarril me encontré con una imagen que resumía una época casi sin necesidad de explicación: una locomotora con el rostro de Stalin serigrafiado en el frontal.
Me quedé mirándola durante un rato porque resultaba difícil imaginar hoy una máquina ferroviaria llevando la cara de un dirigente político como si formara parte natural de su decoración. Dentro de la estación aparecía además la bandera rusa.
La relación entre Mongolia y la Unión Soviética no fue únicamente política o militar. El ferrocarril fue uno de los instrumentos fundamentales de su modernización económica y de su integración con la economía soviética. En 1949 se creó la empresa ferroviaria conjunta Ulaanbaatar Railway, y la conexión con las redes soviética y china convirtió a Mongolia en un territorio estratégico para el transporte entre sus dos vecinos.
La locomotora de Stalin era, por tanto, bastante más que una pieza curiosa.
Era propaganda, tecnología y geopolítica en un mismo objeto.
El ferrocarril representaba la modernización que el régimen socialista quería construir y, al mismo tiempo, materializaba la dependencia estructural respecto de Moscú.
Si Zaisan mostraba cómo el régimen quería recordar la relación soviético-mongola, aquella locomotora permitía entender hasta qué punto esa relación había entrado en la vida cotidiana.
El Museo Militar

La misma sensación volvió a aparecer en el Museo Militar.
Había abundante simbología socialista y soviética, uniformes, material militar y referencias a diferentes episodios de la historia bélica del país. Allí se hacía especialmente evidente que la construcción del Estado mongol moderno estuvo estrechamente vinculada a la creación de unas fuerzas armadas organizadas con apoyo soviético.
Durante la Guerra Fría, además, Mongolia quedó firmemente situada en el espacio estratégico de Moscú, especialmente a medida que aumentaban las tensiones entre la Unión Soviética y China.
La situación era peculiar.
Mongolia tenía como vecinos a dos gigantes, pero durante buena parte del siglo XX su relación con uno de ellos condicionó también su relación con el otro.
En 1966, por ejemplo, Mongolia y la Unión Soviética firmaron un nuevo tratado que facilitó el despliegue de importantes contingentes militares soviéticos en territorio mongol.
De repente, aquella bandera rusa que había visto en la estación ya no parecía una simple decoración.
Entre Moscú y Pekín

Todo esto ayuda a comprender la particular posición de Mongolia.
Durante décadas, la Unión Soviética proporcionó apoyo económico, militar y político, pero aquella relación también limitó considerablemente el margen de autonomía del país. Mongolia era formalmente soberana, pero estaba profundamente integrada en la órbita soviética.
La rivalidad entre Moscú y Pekín hizo todavía más delicada esa situación. A medida que se deterioraban las relaciones sino-soviéticas, Mongolia adquirió una importancia estratégica creciente para la Unión Soviética.
Y, mientras tanto, China estaba al otro lado de la frontera.
La geografía no ofrecía muchas alternativas.
El final de una época

A finales de la década de 1980, el sistema comenzó a resquebrajarse.
Las transformaciones impulsadas por la perestroika y el clima de cambio que recorrió Europa oriental tuvieron también un efecto directo en Mongolia. En 1989 comenzaron las protestas prodemocráticas y en 1990 se produjo la transición hacia un sistema multipartidista. Las primeras elecciones multipartidistas se celebraron aquel mismo año y la nueva Constitución entró en vigor en 1992.
Mongolia abandonaba el sistema socialista.
Pero abandonar un sistema político sobre el papel era una cosa; desprenderse de las estructuras creadas durante casi siete décadas era otra.
Los edificios seguían allí.
Los monumentos seguían allí.
Los ferrocarriles seguían allí.
Los recuerdos familiares también.
Y, por supuesto, la geografía seguía siendo la misma.
Rusia continuaba al norte.
China, al sur.
Volver a Gengis Kan

Quizá por eso resultaba tan interesante volver a encontrar a Gengis Kan después de pasar por todo aquello.
Durante el periodo socialista, la memoria del pasado imperial fue tratada de una manera mucho más compleja que en la Mongolia democrática posterior. Con la transición política, Gengis Kan volvió a ocupar un lugar central en la identidad nacional.
También regresaron con fuerza el budismo, los símbolos tradicionales y una narrativa histórica que buscaba recuperar elementos anteriores al socialismo.
La Mongolia contemporánea no había elegido entre ser soviética o ser imperial.
Había heredado ambas cosas.
Eso explicaba que en un mismo viaje pudiera entrar en Gandan, contemplar una locomotora con Stalin, recorrer un museo militar lleno de simbología soviética y, poco después, encontrar una estatua gigantesca de Gengis Kan.
No eran contradicciones.
Eran capas históricas.
Pero todavía faltaba una capa.
Porque después de setenta años de socialismo, Mongolia no podía limitarse a decidir qué conservar de su pasado. Tenía que decidir qué hacer con él.
Y para descubrirlo tuve que volver a mirar la ciudad con la que había comenzado el viaje.
Ulaanbaatar.
La primera vez que llegué pensé que aquella ciudad no se parecía en absoluto a la Mongolia que había imaginado.
Ahora estaba a punto de descubrir que precisamente en esa contradicción estaba la Mongolia del futuro.
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